Acaso la realidad de mi propia historia no sea sino el más bello cuento de hadas que yo he pedido desde la infancia.

Alfonso Rubio y Rubio



Dos ausencias que pesarán

Por Rosaura Barahona


La semana pasada nuestra ciudad, nuestro estado y nuestro país perdieron a dos hombres cuya ausencia se notará. En el ámbito de la política murió don Luis J. Prieto y en el de la academia y la cultura, Alfonso Rubio y Rubio.

A don Luis J. Prieto lo conocí por su papel como Alcalde y ex alcalde de San Nicolás, así como por sus convicciones y congruencia, mismas que lo identificaron como un luchador social aguerrido.

Sólo hablé dos o tres veces con él. Conozco a algunos de sus hijos, en particular a Margarita, con quien me tocó compartir años comunes en el Tec. Sin embargo, tengo un recuerdo imborrable de él y de su esposa Iris, quien le sobrevive llena de fe y rodeada de una familia numerosa y unida.

Cuando una Semana Santa murió en un absurdo accidente automovilístico uno de sus hijos, junto con su esposa y sus dos niños, quienes fuimos a abrazar a la familia nos encontramos con unos padres invadidos de un profundo dolor, pero con una fortaleza y una serenidad sorprendentes sólo explicables a través de la fe auténtica.

Días después, don Luis, entonces colaborador de un diario local, usó, excepcionalmente, su espacio para hablar de la tragedia sin mencionarla. Escribió un texto muy dramático que, sin embargo, no perdía de vista la celebración de saber a esos cuatro seres entrañables que estrenaban su muerte, al lado de su Creador. “No hay explicaciones, decía don Luis, y no debemos preguntar por qué pasó. No lo sabremos nunca, sólo debemos aceptarlo”.

Don Luis fue panista cuando no era moda sino audacia serlo; cuando el PRI era visto por millones de mexicanos como partido único y eterno. Fue activista político cuando la mayoría de los ciudadanos ni siquiera votaba porque de antemano, y sin lugar a dudas, se sabía quién ganaría; cuando sólo cuestionaban las elecciones quienes entonces eran vistos como tontos o idealistas.

Hoy sabemos que por seres como don Luis, en diversos partidos es verdad (e incluso fuera de ellos), la democracia ha avanzado en este país y las cosas han empezado a cambiar.

Pero el cambio no ha sido sólo en lo político; también se ha dado en lo cultural, en donde a menudo esto es más difícil porque los resultados no son tan evidentes, y si lo son, su evaluación no es sencilla. Más espacios y espectáculos no significan mayor calidad ni más o mejor público. Y mientras no haya un público crítico y constante, la cultura se seguirá viendo como algo accesorio, elitista y prescindible.

En ese ámbito cultural aparece subrayado el nombre de Alfonso Rubio y Rubio, uno de tantos regiomontanos adoptivos que dio a la ciudad, al estado y al país mucho más de lo que éstos le pidieron.

También don Alfonso vivió tiempos heroicos dentro de la cultura y la educación de esta regiomontana ciudad. Yo lo conocí en septiembre de 1958 cuando entré a estudiar Letras en el Tec, carrera que se abría por primera vez gracias al entusiasmo de un grupo de maestros que insistían en hacer honor al “y de estudios superiores” que completaba el nombre del “Instituto Tecnológico”.

El Tec entonces tenía escuelas, no departamentos; el Lic. Rubio dirigía la de Letras. Independientemente de mi deuda intelectual y espiritual con él, también le debo haber podido acabar mi carrera. Cuando en el 60 le avisé que debía darme de baja, me apoyó para conseguir la beca gracias a la cual pude graduarme. Siempre se lo he agradecido y así se lo dije en varias cartas, como le dije también todo lo que admiré y aprendí de él, y todo lo que me hubiera gustado seguir aprendiéndole.

No hace mucho, las cuatro (de 5) sobrevivientes de la primera generación graduada de Letras (la Chata Gossler, Aída O’Ward, Alicia Hernández y yo) visitamos uno de esos sitios en donde se sintetiza la historia de la humanidad en unos cuantos cuadros. Aída de inmediato recordó que nuestro primer curso con Rubio, aquél en el que nos habíamos conocido las cuatro, 40 años antes, nos había llevado por el mismo recorrido.

También recordamos cómo en nuestro décimo semestre, un día nos dimos cuenta de que estábamos tomando la última clase que nos daría como generación. El grupo terminó llorando sin que el maestro Rubio entendiera bien a bien los motivos del llanto, hasta que alguien se lo explicó para acabar con el desconcierto que le provocamos.

El amor de Rubio por la palabra, por la poesía, por el arte y por la filosofía es una de sus mejores herencias, junto con su espléndida poesía, poco conocida por desgracia. Su serenidad interior y su paciencia para acercarnos a un filósofo, al valor poético de un cuadro, de una égloga o de un texto en prosa, merecen mejor recompensa de la que han tenido.

Don Luis y don Alfonso lucharon desde trincheras muy diferentes pero con objetivos comunes: hacer de nosotros seres humanos y ciudadanos más responsables y plenos; hacer de este lugar, uno mejor para vivir. Por eso sus ausencias se notarán y nosotros los extrañaremos. Mucho.