Acaso la realidad de mi propia historia no sea sino el más bello cuento de hadas que yo he pedido desde la infancia.

Alfonso Rubio y Rubio



Palabras pronunciadas por,...

Lindy Salinas Rocha


Buenas noches a todos:

Me siento muy honrada por haber sido escogida para hablar del Lic. Alfonso Rubio y Rubio, queridísimo amigo. Tal vez fue porque soy de las personas que por más tiempo lo trataron aquí en Monterrey, pero me siento tan inadecuada para plasmar en palabras la riqueza interior, la bondad, la rectitud de este hombre extraordinario. Aún cuando todos mis recuerdos van fluyendo a medida que los evoco, y resucitan con sus frescos colores de antes, no me es posible transmitir a ustedes lo que significó este entrañable amigo, maestro, compadre y excelente poeta. Su palabra y su ejemplo han sido para mí camino y guía. Consciente, pues de que jamás podré expresarlo en palabras, les hablaré del amigo con sencillez.

Conocí a Alfonso a mediados de la década de los cuarenta, cuando acababa de llegar a Monterrey para trabajar de maestro en el recién fundado Tecnológico. Venía, según supe después, recomendado por Don Manuel Gómez Morín. Era un joven soltero con una sólida formación humanista. Tuve el privilegio de ser su amiga desde esos primeros años. Sus alumnas le guardábamos una gran admiración. Era muy provechoso para nosotras contar con un maestro de semejante valía, pero Alfonso nos trataba como sus compañeras y nunca nos hizo sentir su superioridad. Corregía nuestros errores con gran delicadeza para no avergonzarnos.

Aunque al llegar pensó que al cabo de un año regresaría a su bien amada Morelia, para nuestra fortuna, el destino lo retuvo en Monterrey hasta el fin de sus días. Yo estoy segura de que Monterrey sería muy diferente sin la influencia que su amor por la cultura dejó en tantas personas que recibieron su enseñanza. Sin embargo sé que una pasión magnífica lo mantuvo siempre unido a la belleza de su ciudad natal. En uno de esos primeros veranos visité con unas amigas estadounidenses la ciudad de Morelia. Caminando por su calle principal, entramos a una librería denominada "El Quijote". Ahí encontramos a Alfonso quien se ofreció a mostrarnos la ciudad. Ver Morelia por los ojos de Alfonso es una experiencia estética de primer orden. Aprecié sus muros que florecen "lo mismo hacia adentro que hacia fuera", la galanura de sus construcciones, la gracia de sus fuentes, la armonía de sus jardines. He llegado a pensar que Alfonso más que descubrir la belleza en el mundo, la creaba a su alrededor con la fuerza de su espíritu. Encontraba el ángulo perfecto para apreciarla, escogía la palabra que la hacía lucir, ponía en la cosas la belleza misma de su alma. Él mismo nos habla de su pasión por su ciudad natal en el poema "A Morelia" en el que confiesa "y mi voz que segura parecía nada pudo decir sino que te ama".

Alfonso conjuntaba en su ser una profusa diversidad de dones: inteligencia profunda, clara, sensibilidad exquisita, palabra armoniosa, precisa y sabiduría anclada en la luminosidad de su espíritu. Verdad, Belleza y Bien dejaban de ser entes separados. Vivía haciéndonos partícipes de su glorioso mundo interior porque todo lo compartía con humildad y cariño. Irradiaba la paz de quien siente que ha consagrado su vida a lo que ama.

Esa paz no se alcanza por casualidad. Se requiere un esfuerzo constante de la voluntad que facilite el desarrollo de la virtud, aunado a un objetivo claro al que se desea llegar. La luz que iluminó su camino brotaba de una profunda espiritualidad. El impulso y la fuerza para ser las encontró en el amor de su mujer. Ella se mantuvo siempre en la sombra, apoyándolo con su paciencia y comprensión, poniendo orden en su vida diaria, proporcionándole un hogar en paz. Nunca reclamó para sí las horas que él debe haber dedicado al estudio y la lectura, ni exigió paseos o diversiones que lo distrajeran de sus propósitos. Mi esposo y yo los visitábamos con frecuencia y nunca la oí quejarse ni los ví discutir o pelear. Estoy convencida de que Alfonso no hubiera podido llegar a ser lo que fue sin su Esperanza. El amor que le tuvo lo constatamos en los siguientes versos:

Cuando te dejo
Ritma mi paso la voz de mi corazón
Que sigue diciendo "te amo".
O cuando confiesa:

Cada mañana se abre
Con la promesa de tu encuentro.

Recuerdo un viaje que tuve el privilegio de hacer con ellos y dos de sus hijos. Observé conmovida la avidez con que buscaba a su mujer si por un momento la perdía de vista.
¿Dónde está tu mamá? inquiría inmediatamente. Así pudo escribir
Día sin ti,
Día tirado al cajón de los desperdicios.

La imagen que claramente se viene a mi memoria al recordar sus clases es la de un joven con un cigarro mitad ceniza sostenido en su mano y con la mirada como buscando la palabra precisa que expresara el concepto que deseaba y que repentinamente, después de una larga pausa, parecía pescar en el aire. Estoy segura que muchas de ustedes saben exactamente a qué me refiero. Alfonso dio clases en mi casa por algo así como catorce años. Le doy gracias a Dios por ese privilegio. Su enseñanza no se limitó a lo que su palabra expresaba, su vida misma fue siempre un ejemplo a seguir. Su entusiasmo era siempre contagioso. Enriqueció mi vida con su fe, su amor a la belleza, sus conocimientos, su espíritu.

A mi mente acuden infinidad de recuerdos que muchos de los aquí presentes seguramente comparten, pero creo que pocos de ustedes evocarán al amigo subido en un burro que lo llevaba a la Cola de Caballo. Sí, Alfonso sabía ser sencillo, bromista, divertido, siempre procurando agradar a los demás. En esa ocasión paseábamos al escritor español Dámaso Alonso y a su mujer, Eulalia Galvarriato de Alonso invitados por él a Monterrey.

La última vez que lo vi fue el día que su familia me comunicó que le habían diagnosticado una enfermedad mortal. Pensábamos tenía aún un año de vida. Como yo también había tenido algunos padecimientos, pudimos hablar de lo que para ambos significaba el enfrentamiento con la muerte. Comprendimos que era necesario aceptar el dolor de la despedida, pues sólo así es posible crecer y madurar. La auténtica alegría de la vida se da mediante la renuncia y el desprendimiento de situaciones insostenibles. Soltar es el precio de la madurez y de la sabiduría. Estábamos tranquilos, habíamos gozado ambos de una larga vida, confiábamos en la Bondad de Dios. No sospeché al despedirme esa noche que nunca más lo vería. Como acostumbraba hacerlo con quienes lo visitaban, al despedirse me acompañó a mi auto y se quedó parado hasta que me perdió de vista.

Le doy gracias a Dios por el privilegio de haberlo conocido, de ser su amiga. Alfonso más que cualquier sacerdote iluminó mi fe, y con su espiritualidad enriqueció mi vida.