Acaso la realidad de mi propia historia no sea sino el más bello cuento de hadas que yo he pedido desde la infancia.

Alfonso Rubio y Rubio



“Hallazgo de la Palabra Buscada Desde Siempre”

Gerardo Puertas Gómez.


Alfonso Rubio no escribió poesía. Tampoco es justo afirmar que fue poeta. Alfonso Rubio fue poesía.

Porque su vida misma constituyó una manifestación de la Belleza y de la Verdad, es decir, una expresión del espíritu humano en sus más altas dimensiones.

Tuve el privilegio de conversar con él y la distinción de visitar su biblioteca. Tuve también el honor de recibirlo en mi hogar familiar y el gusto de darle la bienvenida en mi casa académica.

Le conocí tarde y le traté poco. Lo digo con hondo pesar. Porque es mucho lo que pude haber aprendido de él y mucho lo que pude haber disfrutado de su presencia. Porque su generosidad era profusa y su sabiduría era profunda.

Pero me bastaron unos cuantos encuentros para apreciar -yo diría para aquilatar porque él era una auténtica joya- su honda dimensión humana y su amplio horizonte humanista.

Don Alfonso era un oasis. Su mirada reflejaba dulzura y su sonrisa transmitía ternura.

Expresaba el gozo de quien está siempre en concordancia con la vocación íntima. Irradiaba la alegría de quien consagra la existencia a lo que ama.

Era luminoso como el fuego y vivificante como el agua. Era fecundo como la tierra y transparente como el viento.

Como la naturaleza, él manifestaba equilibrio; como el cosmos, él denotaba armonía.

Y era, hay que decirlo, un ser humano que sabía ser sencillo y bondadoso, gentil y hospitalario.

Supe de Don Alfonso Rubio y Rubio desde siempre, a través de sus textos y de sus actos, pudiendo apreciar su trabajo poético y sabiendo valorar su acción cultural.

Como muchas otras personas, llegué a sus versos gracias a la colección “Poesía en el Mundo”, editada en Monterrey, México por Manuel Rodríguez Vizcarra.

Me aproximé a sus cátedras, como muchos otros individuos, merced al, ahora extinto, Museo de Monterrey.

Sé, a través del testimonio elocuente de quienes fueron sus alumnas en clases privadas durante décadas enteras, que sus cursos eran periplos a tierras de esplendores inagotables y visitas a continentes de riquezas insospechadas.

Puedo afirmar, con íntima convicción, que no hay regiomontana o regiomontano con interés en las letras y en las artes, que no haya recibido los beneficios de sus trayectorias literaria o académica.

Porque el maestro fue pilar fundamental del desarrollo artístico y cultural de Nuevo León durante la segunda mitad el siglo XX. Del Instituto Tecnológico y de Estudios Superiores de Monterrey a sus clases particulares; del Museo de Monterrey a Arte A. C.

Pero he afirmado que Alfonso Rubio fue poesía. Y eso sigue siendo, tal vez hoy más que nunca, gracias a la edición de este volumen. De allí que no haya nada mejor para hablar de él, que dejar que hable él mismo, es decir, su poesía.

Porque, como él nos comparte,
“lo que digo es amor”
y éste es
“la eternidad invicta”.
Porque, como bien indica,
“Acaso la realidad de mi propia historia no sea sino el más bello cuento de hadas”.
El autor aborda el tema del amor. Lo hace de una manera diáfana, sólo asequible a los espíritus excelsos. En sus versos transforma la experiencia amorosa en un diálogo:

“Una sed perdurable de ternura encendida en tus ojos,
inventando la forma de mi nombre”.

Y la vuelve música:
“Eres tal una viva resonancia en el concierto de mis claras horas,
breve río de luz traspasando mis sienes,
inundando mis ojos con tus aguas”.

Identifica el sentimiento amoroso con todo lo verdadero.

“No quiero más verdad que tu mirada a mis ojos sin límite abierta:
la verdad de tu cuerpo iluminado,
la verdad de tu alma estremecida”.

Y lo hermana con la libertad. “No hay cadenas de rosas ni jacintos para cerrar el vuelo de la noche”.

Amor intemporal.
“Eterna ya, te encuentro en las rosas movedizas del sueño:
como mi voz te nombra, exacta, a mi deseo”.

Amor jubiloso.
“Quemas tu prisa en mi avidez, sin nombre
de ascender por tu sangre a la orilla del júbilo…
Y estás, aquí, indefensa,
… cumplida perfección de mi paisaje”.

Promisoria jornada que comienza.
“Cada mañana se abre con la promesa de tu encuentro”.

Complementaria vivencia.
“He dispuesto mi silencio para que me invada tu rumor.”

Contrastante experiencia.
“Alternas incesante en mi ávida playa, invasiones de espuma y agua en retirada”.

Imaginación iluminada.
“Pensando en ti hice de mi jardín una trampa de estrellas”.

Visión sublime de la perfección.
“Todas las cosas se ordenan cuando tú pasas entre ellas.”

Celebra a la mujer como vuelo y como luz.
“¡Qué nacimiento oculto de mi dicha! Gracias a ti mujer, ala y estrella”.

La recuerda como lluvia floreciente.
“Te derramas sobre mí
como sobre el paisaje la flor del durazno
en las orillas de la primavera”.
Y encuentra en la sonrisa de la amada,
“ala presa en su gracia, paréntesis de luz entre amapolas”.

Canta a la juventud.
“Amanecen sus ojos…”
“Sus labios cantan…”
“¡Mirad sus manos con qué avidez se posan sobre el mundo”.

Anuncia el esplendor de su presencia.
“Son la fiesta del mundo.
Para ellas nace el sol y estrena diariamente el azul su prodigio
…y la poesía da en ellas su resplandor perenne”.

Pero el maestro Rubio y Rubio también elige referirse al amor en su más amplio sentido.
Proclama el significado último de la creatividad humana.
“Se pone cada quien en lo que ama”.

Descubre la naturaleza de la acción.
“Porque en amor no hay pérdida.
Nunca se pierde el llanto, ni el sudor,
ni el esfuerzo que del amor son hijos”.

Revela la autenticidad del amor.
“En el amor se vuelve transparente la verdad interior,
aunque se quiera tapiar la casa y ocultar la fuente,
porque el amor es una primavera que desborda las tapias
y florece hacia adentro lo mismo que hacia fuera”.

Muestra la esencia de nuestra tarea.
“La historia del hombre es como el mar.
Las olas van y vienen, fluyen y refluyen.
Pasan. Pero nada se pierde.
Todo queda en la memoria del mar”.

Apunta el centro de nuestra labor.
“Más, en la obra del hombre, el hombre sobrevive”

y, por ello,
“la medida del futuro es el Amor”.

Don Alfonso, el hombre, supo ser en su existencia y en su acción, diálogo y música, verdad y libertad, recuerdo y porvenir, conjugando en su persona sabiduría y bondad.
El escritor posa sus ojos, desde luego, en la naturaleza y en la Creación, para devolvernos paisajes renovados.
Traza a la flor.

“Jamás propuse otra cosa a mi más alta pasión
que la sola perfección que te circunscribe, Rosa”.

Pinta lo mismo al sauce que a la yuca.
“A capricho del aire acarician el agua los dedos de los sauces”.

“Bacantes de verdes greñas/ danzan las yucas/ entre las breñas.”

Plasma por igual el salto de la araña que el vuelo del colibrí.

“Es, al fulgor del alba, un pectoral de perlas la telaraña”.

“Sobre la flor, diminuto torbellino tornasol”.

Esboza la sierra como emanación de la armonía:
“Contemplo tus montañas, esa música azul -un coro a veces-
donde el viento acrisola su caricia más tierna”.

Delinea al océano como encarnación de la belleza:
“Nada propone el mar sino su quieta hermosura.
un aire manso y fino riza apenas su piel,
y en cristalino juego las luces vierten su paleta”.

Pinta imágenes preciosas acerca del fluir de los días:
“Copa de oro la mañana
y de cristalina turquesa la tarde,
la noche, ánfora de lapislázuli”.

Nos lleva de la mano a abril:
“Locura tras locura,
insensatez,
la primavera otra vez”.

Presenta a julio:
“Sol de cigarras, luna de grillos”.

Sin olvidar octubre:
“El tiempo anda entre retablos de oro”.
Ni pasar por alto enero:

“Tras las desnudas ramas un apagado cielo”.

Y con notable maestría, digna del hai-ku, plasma un paisaje en unas cuantas pinceladas:
“Corre conmigo,
equidistante,
la luna llena
entre los árboles”.

Alfonso Rubio, el ser humano lúcido y sensible, que supo descorrer el velo del misterio para mostrarnos las conexiones ocultas que unen a la tierra con el cielo, al Hombre con el resto de la Creación.

No escapa a la pluma del poeta, conocedor y coleccionista de arte, fino dibujante como muestran las ilustraciones de este libro que evocan el genio de Henri Matisse, el trabajo de los grandes pintores.v
Así, Fra Angelico, es creador que “Mojaba sus pinceles en la luz y el color del Paraíso”.

Mientras que, a través de su pluma, la pincelada Van Gogh
“Gira lunas, gira estrellas, gira sol”.

Tampoco deja de compartir con los lectores otras dos de sus pasiones: Morelia y la docencia.
Evoca a su tierra.

“Iba a decir de ti historia y fama
y mi voz que segura parecía
nada pudo decir sino que te ama”.

Menciona a la escuela como “…una idea que ha engendrado…”, como una “actitud ante el Bien, la Verdad, la Belleza”.

Supo ser un michoacano fiel a sus raíces y un académico consagrado a sus tareas, conservando y compartiendo tradiciones, preparando y formando generaciones.
El poeta reflexiona acerca de la temporalidad física del ser humano y la eternidad de nuestra vocación espiritual.
Alude a la despedida.

“Límite preciso que separa la presencia y la nostalgia” y,
“Certero anticipo del sonido de la última campana”.

Elabora sobre los significados dolorosos y promisorios del adiós.

“Es entender el tiempo que silencioso ha trabajado en nuestras almas” y,

“Es querer con angustia tormentosa apoyar en el cielo la esperanza”.

Alcanza a apreciar en la separación, tanto la oportunidad para “contemplar el mar y sentir desde la tierra la nostalgia de la orilla”, como la ocasión para “entender la queja de los ríos enamorados de sus dos riberas”.

Recuerda nuestra dimensión trascendente.
“Como la sangre clama por la sangre,
como la tierra clama por la tierra,
así el espíritu clama por el espíritu”.

Porque “todos dejamos algo: una breve semilla que germinó o que duerme, en espera de su estación propicia” y “nunca se dice ‘adiós’ a lo que se ha hecho sustancia y vida de nosotros”

Porque “como un árbol, cuyas raíces se hunden en la opacidad de la tierra y cuyas ramas más altas topan con el misterio de las constelaciones en el cielo profundo, así es el hombre: puente entre cielo y tierra… así es el hombre: espíritu que transfigura de espíritu las cosas y llenas de su espíritu las retorna a su fuente”.

Afirma, con apreciación certera, que sólo “en esta luz distinta, cobran relieve justo todas nuestras tareas… porque el mundo sigue siendo el Jardín de la Biblia, porque el hombre sigue siendo el mismo jardinero, porque Dios sigue siendo”.

El poeta, hombre pleno y humanista integral, tuvo cabal conciencia de que los seres humanos somos criatura que ensaya la creación y que aspira a la trascendencia.

El escritor habla con Dios y sobre Dios, desde su humanidad y junto a los demás seres humanos.

Cuestiona. “¿Quién soy, en definitiva, Dios mío? ¿Soy yo, este yo interrogante, dividido, el mismo que tocó hace sólo un momento la cima de la felicidad?”, se cuestiona.

Responde. “Minuto que me hace decir: ‘en el Principio eras tú’, porque la súbita revelación, el fulgurante reconocimiento cobra una validez eterna al margen de mi duración.”

Sabe encontrar gozo en la experiencia de la Divinidad, “alegría del misterio” y “delicia de lo inédito”.

Y se pronuncia por la libertad.

“Mar abierto, horizontes, refugios pasajeros:
sin canción que encadene
ni oración que despida”.

Siempre desde la fe y siempre desde la humildad.
“Verte, Señor, pero con otros ojos;
palparte con un tacto que te ahonde;…
…ciego, pero sabiéndome tenerte,
arrebatado por tu melodía,
como con otros ojos, para verte.”

Porque Alfonso Rubio fue profunda y genuinamente religioso, una persona que supo buscar y encontrar a Dios, en la intimidad celebratoria del corazón y del alma, sin pesares ni ataduras.

He de confesar que comparto con él, naturalmente como mero aprendiz, una multitud de intereses. El amor a la poesía y a la docencia, la pasión por los libros y por las artes, la afición a la historia y a las antigüedades, el gusto por el coleccionismo y por los viajes, la apertura a la religiosidad y a la espiritualidad.

Agradezco a la familia Rubio Elosúa la oportunidad de permitirme rendir este homenaje a don Alfonso.

Maestro y escritor, bibliófilo y lector, conocedor y coleccionista de arte, promotor de programas académicos e impulsor de proyectos culturales.

Poeta que no sólo supo tocar la lira con los dioses, sino cantar a coro con los ángeles.

Mente clara, corazón noble y espíritu elevado. Surtidor de conocimiento y de sencillez; venero de bondad y de ternura.

Alfonso Rubio, “eternidad invicta”, fue -y es- poesía. Porque hizo de su vida un “hallazgo de la palabra buscada desde siempre”.