Acaso la realidad de mi propia historia no sea sino el más bello cuento de hadas que yo he pedido desde la infancia.

Alfonso Rubio y Rubio



Un testimonio

Por Federico Lachica


¿Quién pudiera ir el camino
caminando, caminando,
y en el camino encontrar
un caminante cantando!...

El año pasado se han cumplido ocho lustros que el Lic. Alfonso Rubio y Rubio llegó a Monterrey. Se incorporaba al cuerpo docente del Instituto Tecnológico y de Estudios Superiores. Se dice fácil, pero en ese lapso —alumnos, generaciones— han sucedido cosas muy importantes por su presencia. Y su nombre, su preclaro ejercicio de maestro, son ya inseparables del Instituto, de otras instituciones culturales, de los rostros y de la vida misma —la actual y la futura— de la ciudad.

Vino con el ‘íntimo decoro” de Morelia. De los verdeantes bosques y fértiles vastedades michoacanas. Aquella ciudad- rosa, a la que ha cantado con enamorada y gozosa reverencia, le nutre y siempre le acompaña. El mismo dice: “en la provincia recoleta, a uno se le conoce desde que es una esperanza de existencia”. En ella, la escuela, la liturgia, los juegos y azoros infantiles. En su seno, aclara sus conflictos vocacionales, pasea sus primeras alegrías y cuitas amorosas, reflexiona peripatéticamente con su maestro bajo las frondosas alamedas. Es Morelia la que enmarca su deleitosa actualización cultural en voraz e inteligente ejercicio de lector y, su ámbito —de amigos, maestros, estudios, arte, paisajes, intereses— tiene que hacerle inevitablemente nacer a la poesía. En ella florecen sus primeros poemas bajo el signo de la rosa y al cobijo del color de la camelina, la catedral y la jacaranda. Desde un principio, su poesía es madura, un prodigioso equilibrio en la mesura que no ha coartado nunca su intención expresiva. Desde entonces, su quehacer poético, el total, ha sido límpida voz de la cultura, rica resonancia de sus raíces nutricias. Y también desde entonces, su oasis ha sido la provincia, reintegrándonos siempre desde ella, una patria efectiva en el contorno de la creación humana.

Luego, la gran capital, en los tempranos años cuarentas, lo confirma en lo universal y cosmopolita. Lo abre a otra ronda de amistades intelectuales y profesionales que necesariamente aceptan su valía y le confieren lugar de primero entre iguales.

Sabe aprovechar la palabra de sus maestros de derecho, de filosofía y de la vida. De entre ellos, uno, reconoce con claridad el talento, la sensibilidad, la sabiduría de aquel joven ya abogado, escritor, poeta, orador, político, humanista e, intuye sin dificultad su vocación magisterial. Es precisamente el Maestro don Manuel Gómez Morín, quien le pide que venga a Monterrey. Ya para entonces ha escrito en plena juventud, también en asombrosa madurez, su tesis profesional La Filosofía de los Valores y el Derecho; publicada luego por una prestigiada editorial y que por muchos años habrá de utilizarse como libro de texto en las facultades de derecho de algunas universidades del país. Deja en la capital la oportunidad de participar en un importante bufete legal y la actividad periodística, también y tan bien aquilatada por el medio, manifestada con penetrante inteligencia en el ensayo, al tratar temas políticos, económicos, literarios y de otras realidades nacionales de actualidad.

Y no llega a Monterrey —cuando pudo haberlo hecho por altísimos méritos propios— con intenciones de asesor en cuestiones legales y económicas. Llega con auténtica decisión para enseñar, con el íntimo compromiso de ser profesor, primer paso de humildad en su luminosa y múltiple epifanía de maestro. Acepta ya que en el campo de posibilidades que le abona su talento hay esa otra opción más alta y necesaria de formar hombres y forjar aptitudes, confirmar misiones y personalidades, aderezar y multiplicar por el espíritu el quehacer personal, la eficacia de la ciencia y de las empresas materiales.

De inmediato es invitado a dar conferencias de filosofía, que de suyo marcan el inicio de su Gran Conversación con Monterrey. Además de sus cátedras como parte de las obligaciones de profesor de tiempo completo del Departamento de Humanidades, al cual, sin dejar sus lecciones, muy pronto habrá de dirigir, nombrado y solicitado en unánime consenso por sus colegas. Otra vez, su valía, su vasta y profunda formación son reconocidas por el claustro académico y la ciudad. Aunque no faltaron las críticas y la incomprensión, como suele suceder, de los pocos y de los menores. Fugazmente pensó en irse. Pero se queda. Ya opera en él, lo que Gabriela Mistral, como maestra, suplicaba para ella: “...permanente el fervor, pasajero el desencanto”. Alfonso Rubio decide arraigarse en Monterrey por amor. Nos vuelve a decir: “Se pone cada quien en lo que ama”. Un amor que acota y deja ser, lo hace crecer; amor a la mujer, a la docencia, a la siembra de la cultura y a los cuidados pacientes y confiados de sus frutos. Y nos reitera: “Lo que digo es amor...”. . .

…Tuve en suerte conocerle de manera señalada: Por un error mecanográfico del departamento escolar, el horario para el semestre que se iniciaba en septiembre de 1948 lo hizo para nuestro grupo —para mí— el maestro de la primera hora del primer día de clases del primer año de preparatoria. Debió haber sido Etimologías con otro profesor, pero esto hizo que la materia fuera Lógica. Su exposición fue diáfana, invitadora, ubicadora, elegantísima. Morcó nuestro entusiasmo, acicateó nuestro interés por la carrera ingenieril que habríamos de seguir. Nos hizo sentir la dignidad de estudiantes, de profesionistas que anhelábamos ser, con aquella memorable lección inaugural sobre una de las tres veredas del viejo camino —antaño y hogaño, sabio y libertario— del Trivium “... que un día inició el hombre de Occidente, bajo la sombra bondadosa de una catedral o un monasterio en su peregrinación a la cultura”. Aquellos años preparatorianos y luego los de la escuela profesional fueron para muchos, y para mí en particular, de muy frecuentes y fundamentales encuentros. Desde luego en clases. Algunas veces, en su cubículo profesoral o en las tertulias de café. En otras, las calles regiomontanos —a sabroso paso sin prisas— se convertían en dilatados paraninfos, ámbito libre para las ideas en conversaciones transparentes, subrayadas por la gozosa algarabía de pájaros empautados en los hilos telefónicos, perfilados por el sol, que a lo lejos, estallaba sus oros contra la Huasteca; a esa hora previa en que la sierra empezaría a mandar “...luceros a la ciudad dormida”.

…La revista que funda al año siguiente aparece con el nombre de Trivium. Una manifestación más de su tarea de difusión, de su clara visión de la actividad unitaria del hombre, que demanda las mejores cualidades. Como dice —abreviándolo mucho— un intelectual inglés**: no hay dos culturas, la humanista y la técnica, lo que hay son muchas inculturas, Trivium en sus tres años de vida con puntual aparición mensual, es un esfuerzo para esa integración y digna portavoz regiomontana. Queda ahí, en el recuento de la tarea, como robusto árbol de la cultura del que reconocidas voces intelectuales mexicanas e internacionales, de sus ramas-páginas, hacen gustosamente tribuna; por sus nobles metas, por la dignidad y cuidado de su edición, por la calidad intelectual de su dirección y consejo editorial. Ofrece sus páginas a los maestros del Tecnológico, a las voces nuevas de la ciudad y en acogedores estímulos, a los balbuceos de talento de los alumnos. Merece elogiosos conceptos entre otros tantos, como éste de un centro universitario desde los Estados Unidos de Norteamérica: “(una revista).., en defensa de esa forma de cultura humanista que integra en la vida de hoy, a la cual nos debemos, los valores vivos de la vida de ayer, a la que tanto debemos”. Y no parece ser ahora gratuita coincidencia —reveladora circunstancia de su promesa de devoción a Monterrey, hoy cumplida con creces, sí que lo es— que en ese primer número de Trivium se publique “Esbozo de la Sierra”: Alfonso Rubio requiebra a la ciudad de los perfiles, con voz, en mesura y ternura otra vez, de viril enamorado. Frente a la muralla para el clima veleidoso, mero accidente geográfico que para muchos pudiera ser la sierra, él entona a la diversidad de su belleza. Donde faltan ojos, él propone el cuidado de su mirada. Donde hay olvidos, él ve primaveras; donde siente omisiones, él ofrece la acción de su canto. Funda también por entonces círculos de lectura abiertos a la ciudad; se une al rescate y decoro de otro de nuestros rostros fundamentales, a través del Instituto Regiomontano de Cultura Hispánica. Dentro de su permanente inquietud editorial, que sigue ahora dando elegantes frutos, es la época en que imprime mensualmente bajo el nombre de “Mensaje”, una joya tipográfica miniatura que es correo y vía de presencia hispánica. En las respectivas ocasiones, va como invitado a las festividades centenarias de la Universidad Nacional Autónoma de México y de la Universidad de Salamanca, es también conferenciante huésped de la Universidad de Santander en España y de varias en México. De esas jornadas son sus espléndidos estudios sobre Sor Juana, el Positivismo en México y sus múltiples análisis de la poesía mexicana y universal. (De recogerse algún día impresos todos sus ensayos, críticas literarias, conferencias, estudios, discursos, traducciones, documentos pedagógicos, presentaciones, lecciones, tendremos otra valioso noticia integradora).

Los años que habrán de seguirse serán de intensa actividad: es entusiasta colaborador y consejero fundador de otra noble institución regiomontana, Arte, A.C. Participa en la reestructuración docente del Instituto Tecnológico. Redacta el Estatuto Orgánico y los Principios (educativos) del mismo, documentos didácticos de suma importancia. Su elevado credo de enseñanza queda además plasmado poéticamente en “Despedida” (Ceremonia de Graduación, 1952) y “Mensaje de Aniversario” (10 años del ITESM, 1954). Introduce la materia de Historia de la Cultura en las carreras profesionales del Instituto: cada lección dada por él es otro canto poético actualizado al quehacer total del hombre, en grandes síntesis como magníficos espejos referenciales, que va poblando con sus revisiones históricas, ideológicas y estéticas sobre la vida, empresas, logros materiales y espirituales del mundo griego, renacentista y de la cultura universal. Incorpora asimismo las síntesis de las culturas mesoamericana y novohispana, que ofrece en lecciones y seminarios enriquecedores para la identidad regional y nacional, sin acotamientos estrechos sin recurrir a machaconas y sobadas patrioterías, antes bien señalando una imagen real, pulida en la esperanza. Sus clases, las abarrotan estudiantes de todas las carreras, no sólo los inscritos obligatoriamente. No eran superficiales adornos al aprendizaje técnico; han sido definitivamente vías integradoras de la formación profesional y humana, contagio benéfico en las actividades de otros profesores y áreas docentes, guías rectoras de tareas personales. Funda y dirige dentro del Instituto la Escuela de Letras. Lo que Alfonso Rubio dice muchos años antes, en un prólogo de acompañamiento a la primera salida de un joven al campo de las letras, cabe espigado aquí por su validez respecto a esta Escuela:

“...quisiera llamar la atención sobre la necesidad de compañía, de interés comunitario, que precisa en el fondo toda actividad literaria y... en general, creadora. Cabalmente porque el arte es comunicación, todo artista requiere... destinatarios prójimos, semejantes con quienes entrar en diálogo, y éstos sólo se hacen presentes en el interés con que la obra de arte es acogida. . , Ningún arte puede arraigar en tierra de indiferencia. .. Monterrey empieza a poblarse de voces (literarias) juveniles... Mañana… - engrosará el coro y la Ciudad tendrá un nuevo motivo de orgullo. Pero para que ese futuro sea realidad lograda, es forzoso atender a estas vocaciones juveniles, estimulando el esfuerzo germinal”.

Pasa luego a la Dirección de la Escuela Preparatoria. Mantiene su excelencia y acrece también el aíre para los primeros hallazgos y los diálogos francos. Anima nuevas vocaciones para la enseñanza. Piensa, inicia y coordina otro gran aliento educativo que es la Escuela Preparatoria Abierta; hace personalmente textos y traducciones para el caso y estimula su producción. Dirige la habilitación de todo el aparato comunicador de esta innovación del aprender, que permite el acceso de muchos a dicho nivel de formación y que habrá de impactar, con posibilidades salvadoras, una ingente necesidad nacional. De él y sus colaboradores en el Instituto, y sólo de ellos, es este gran proyecto que surge en Monterrey. Al trasiego del sistema educativo del Tecnológico a otras ciudades del país, se le nombra Vicerrector de Enseñanza Media del mismo, cargo que desempeña con la misma dedicación durante dieciséis años. La actual Rectoría le honra y se honra al nombrarlo su asesor.

Y en medio de todos estas tareas que se propone y logra desde los puestos académicos, como desde un principio, sigue dándose tiempo para hacer llegar sus exposiciones magistrales a otros grupos operarios y rectores de la ciudad, propiciando una vez más la posibilidad de que la acción no sea repetición de cultura adquirida, sino aumento cualitativo de nueva creación transformadora. Frente a esta ubérrima y solidaria contribución a la enseñanza y la cultura de la ciudad, hasta se podría pensar paradójico el título de uno de sus poemas: “Voz de Silencio”. Pero también ello quizás nos llevaría a vislumbrar esa otra dimensión básica de su actitud y acontecer vital. Ciertamente, su voz se hace más sonora cuanto más íntima. Sin solemnidades, sin mesianismos, sin mezquindades, todo lo emprendido por Alfonso Rubio tiene esa impronta de modestia y sencillez milagrosa, de aforado realismo, de aleccionadora honestidad intelectual, de respeto y responsabilidad con el prójimo, de amistosa gentileza. En suma, de presencia en amor, que se afina en su fidelidad moral con él mismo, que se nutre de una gran confianza en la Vida, en el Hombre y en su acción genuina y trascendente. De ahí que su sabiduría se acrecienta cuando ejerce el don de consejo. Cuantas veces —estemos seguros que muchas y tantos— hemos sentido su presencia al ver con un poco de más claridad, al actuar con un poco de más certeza en lo mínimo y en lo importante, al iniciar o proseguir con entusiasmo, al descubrir la armonía y contemplar la belleza, al enriquecernos con lo bueno, al sabernos en la posibilidad de un ámbito transitable, habitable, enaltecido por el esfuerzo en colaboración, y que él, de ésta u otra manera sutil y libre —confirmándonos en la toma de conciencia de que cada persona, cada grupo de trabajo, una ciudad, una patria toda, es centro concreto de actos espirituales—, nos ha enseñado a ejercer y cultivar.

Por eso su poesía, retomando la eficacia profunda de la palabra, es otra forma de invitación a que todo se transforme en brillo de cotidiana hermosura. Otra manera de movernos a instaurar —dentro y fuera— mundos habitables. No requiere explicaciones. Resistiría el acabado rigor del análisis literario. Mejor es sumergirse en ella, como en refrescantes aguas lustrales estremecidas por “roces de alas”: siempre en asombro, pone primaveras en los ojos, prende en la noche urbana una bella línea espiritual. Conjuntando a su esbelto lirismo, aparece el ‘eterno femenino’, el intento de palpar el misterio religioso, la esplendidez de su prosa y sus traducciones, la tensión abisal en brevedad —zen, casi— de sus versos más recientes. Surgen voces como cósmicos ecos sapienciales, músicas que saben a Petrarca, paisajes y marinas con eficaces pinceladas verbales. Está omnipresente la idea florecida. Hay crepúsculos, noches, auroras, que fluyen al día siempre en plenitud de serena alegría.

Así, bajo esta luz, el acertado homenaje que ahora patrocina el Museo de Monterrey, se transforma en una acción que enaltece a la comunidad en que se da, que surge como un acto de libertad gozosa, signo de una actitud en resonancia, de un alto estilo; como respuesta justa a aquel que ha señalado caminos sin esperar particular recompensa. Proseguir la andadura, continuar la voz, reconocer su verdad, es reconocernos, reconocer lo que extiende y nos expande.

Todo esto no son más, si algo son, que bosquejos apenas en completa admiración, de los atributos de esa tarea de Don Alfonso Rubio y Rubio y algunas impresiones de mis vivencias emocionados en gratitud. Y no son lo importante. A mi testimonio —al que me convocan amablemente en redoblado privilegio los encargados de esta publicación y que continúa el otro fundamental de aquella cercanía discipular y de la amistad madura de ahora— tengo la certeza que se le sumarían innumerables asertos de agradecimiento similares.

Lo importante, pues, es esta ennoblecedora presencia del Maestro en Monterrey y estas palabras de sus poemas que siguen, “palabras que son flores, que son frutos, que son actos” de una larga y generosa dádiva que, para ventura nuestra y júbilo de la ciudad toda, sigue siendo...

FEDERICO V. DE LACHICA
Monterrey, Septiembre de 1986