Acaso la realidad de mi propia historia no sea sino el más bello cuento de hadas que yo he pedido desde la infancia.

Alfonso Rubio y Rubio



Alfonso Rubio y Rubio

Por Samuel Bernardo Lemus


Nadie como Alfonso amaba Morelia, su ciudad, de donde tuvo que ausentarse al ser llamado a colaborar en el Tecnológico de Monterrey, Nuevo León. Ahí fue muy apreciado por sus estudiantes, por la sociedad regiomontana, por todos los que conocieron como un hombre que amaba las letras, la vida, la familia, el arte de ser todo un hombre de gran calidad espiritual y humana.

Acaba de morir y con él toda una generación, por que Alfonso dejó huella como maestro, como amigo, como persona interesada en promover todos los valores humanos. Aunque lo traté poco, la huella de su verdad de hombre cabal dejó en mi vida un grato recuerdo del caminante fiel a sus principios y convicciones. Formó una familia llena de alegría, que sabe ver hacia lo profundo y valorar lo que significó su vida: un abrir caminos, nuevos horizontes para asomarse al mundo del arte, para quedarse con el legado de quienes nos han dejado la herencia de lo espiritual y el encanto de admirar y vivir la belleza.

En dos ocasiones nos encontramos en el Museo del Prado, en Madrid. Sabía admirar, comentar la pintura, sentirla y descifrar los colores y el encanto de los personajes y del paisaje que llevaba en el alma como el mejor tesoro de la vida, además del tesoro inapreciable de su esposa y de sus hijos. Vivió de la esperanza de andar nuevos caminos Y en torno suyo creció mucha gente en quien sembró el encanto de vivir, el amor a las letras, al arte, a las esencias.

Yo definiría a este gran amigo, Alfonso, como el abanderado de los valores espirituales que no podía ocultar.

Se eternizaba mirando una pintura de los grandes autores del Renacimiento. Era amigo de los artistas que plasman el arte en el mármol o en la piedra o en las telas y mojan los pinceles en el corazón para dejarlo palpitante en esa maravilla que se llama Miguel Ángel o El Greco o el Tiziano o Rivera o cualquier pintor que ha sabido hacernos estremecer con el regalo de sus pinceles.

Alfonso no era pintor, pero sí poeta, pero poeta de la vida. Escribía con la nitidez de quien dice las cosas con la espontánea floración de la palabra, porque además sabía acentuar cada palabra para entregarla en su contenido, con la gracia de quien ama el contenido, el símbolo del lenguaje.

Hombre de esencias. Anduvo Quijote y filósofo por caminos que trazó con su huella, porque pisaba la tierra sin maltratarla.

Aquellos diálogos con Manuel Ponce, con Miguel Castro Ruiz, con Jorge Eugenio Ortiz, con Héctor Sistos, amigos que amó y apreció en todo lo que valen por su anhelo de andar el mismo camino hacia metas llenas de esplendor de la verdad. Fino en su hablar, en su ser, en su manera de mirar y de sonreír, como quien no se siente merecedor de nada y en actitud de recibir lo mejor de sus amigos. Serio y formal. Vivió entre libros pero sin olvidarse de que el mejor de sus libros era su familia donde dejó escritas unas páginas encantadoras en cada uno de sus hijos. Ese es el libro más bello y es la herencia más preciada y es la expresión de sus más altos anhelos: transmitir los valores que llevaba en el alma, como el más preciado regalo que Dios les hizo.

El día de su muerte repiquetearon los teléfonos para anunciar a sus amigos que no había que llorar la muerte de un viajero fiel que anduvo el camino de la vida con gozo y entusiasmo ejemplares. Aunque se ausentó de Morelia, seguía con el corazón sembrado en esta tierra. Quería volver a ella para llenarse de su luz, para apacentar el rebaño amoroso de sus arcos, recorrer sus calles y sus jardines y quedarse mirando hacia un ciclo azul donde sus ojos de niño se bañaron de esperanza. Por algo su esposa se llamó Esperanza y lo comprendió con esa generosidad regiomontana de la sierra del norte. Un hombre que se adaptaba a todo y que medía con su palabra la eternidad del tiempo. Vivió su época con plenitud buscando la belleza del ser hasta que se encontrara con la belleza increada.

Presumía de una sola cosa, de saber vivir buscando inteligentemente el camino mejor para bañarse cada amanecer de luz, de gozo, de saberse útil ofreciendo sus conocimientos a quien se acercaba a él para un encuentro con el arte y con la vida.

No es fácil desprenderse de un amigo y menos de un gran amigo, que dejó una honda huella en los que lo conocimos como una ventana abierta para asomarse a las esencias de todo lo que vale. Su herencia es su ejemplo. Su historia una casa llena de paz y de cariño. Su tesoro el amor a la vida y sus huellas un poema escrito con estas palabras del poeta: “No moriré del todo… vivo y seguiré viviendo en quienes son la más elocuente expresión de mis cariños, mis hijos. Para ellos y mis amigos, mi agradecimiento por ser lo que son”.

Publicado en LA VOZ DE MICHOACÁN. 18 Sección A, jueves 6 de noviembre de 2000.