Acaso la realidad de mi propia historia no sea sino el más bello cuento de hadas que yo he pedido desde la infancia.

Alfonso Rubio y Rubio



Semblanza del licenciado Alfonso Rubio y Rubio

Por Alicia Elosúa de Salinas


Hay varias maneras de acercarse a una persona, que ya no se encuentra entre nosotros, para conocerla mejor: por el testimonio de quienes convivieron con ella y a través de su obra.

Voy a tratar, aunque sea brevemente, de ambos aspectos en la vida y obra de mi cuñado Alfonso.

Todos conocemos o hemos oído hablar de su vida: huérfano de padre y madre desde muy temprana edad, apoyado por sus dos hermanas mayores, dejó su natal Morelia para cursar su carrera y recibirse con honores como abogado, en la Escuela Libre de Derecho en la ciudad de México. Su tesis, LA FILOSOFÍA DE LOS VALORES Y EL DERECHO, recibió los elogios del destacado jurista Rafael Preciado Hernández, que en una carta dirigida al Secretario de la Escuela, dice entre otras cosas lo siguiente: “Su ensayo es interesante, profundo y ameno... una erudita exposición de la moderna teoría de los valores que relaciona inteligentemente con principios de moral afirmados por San Agustín y Santo Tomás… llega a la conclusión, que él sostiene como una convicción personal, de que lo jurídico sólo tiene sentido pleno cuando se le considera como un sector, ciertamente importante, de lo moral.”

Esa misma tesis acerca al joven abogado con Don Manuel Gómez Morín, quién se convirtió desde entonces en su consejero y amigo. Incluso fue padrino de su boda. Como fundador del partido Acción Nacional, lo invitó a participar en algunas de sus asambleas. Uno de sus discursos, pronunciado en la ciudad de México, fue la ocasión para que mi padre, fundador y consejero del Instituto Tecnológico y de Estudios Superiores de Monterrey, lo conociera y lo propusiera como maestro de dicha Institución. Nunca se imaginó Don Bernardo, que aquel joven talentoso y prometedor, con los años llegaría a formar parte de su familia al casarse con mi hermana Esperanza.

La formación que recibió Alfonso, primero en Morelia y después en la Escuela Libre de Derecho, no sólo le proporcionó métodos de trabajo intelectual, capacidad de reflexión y análisis crítico, sino que lo impulsó al campo de la cultura general, en particular a la filosofía, la historia, la literatura y el arte, disciplinas que siempre consideró fundamentales. Su enorme biblioteca y su estupenda colección de obras, tanto del arte prehispánico, como del colonial e incluso algunas piezas contemporáneas, son el mejor testimonio de una vida dedicada a descubrir, a conocer y a gozar de todos esos tesoros maravillosos, producto de la creatividad y el esfuerzo humano.

Podemos considerar a Alfonso como un verdadero sabio, pues no sólo acumuló toda esa riqueza material e intelectual, sino que nunca la guardó para sí, pues siempre estuvo dispuesto a compartirla con los demás. Inició sus cuarenta años de servicio al Tecnológico, como profesor de tiempo completo, ocupando las cátedras de Historia de la Cultura, Historia de la Educación e Historia del Arte. Después, en 1948, pasó a desempeñar los cargos de Jefe del Departamento de Humanidades, director de la Escuela de Letras en 1958, y en 1970, con la humildad que lo caracterizaba, aceptó el puesto administrativo de Director de la Escuela Preparatoria que según reglas no escritas en nuestra universidades, lo colocaba en un nivel superior, pero lo alejaba de la que era verdaderamente su vocación: la docencia.

Pues antes que nada, Alfonso fue un gran maestro. Disfrutaba mostrar a los jóvenes, y a otros no tan jóvenes, en conferencias o en clases particulares, la riqueza que encierra la cultura universal, para que aprendieran a gozar de esa maravillosa herencia que los siglos nos han hecho llegar. Una cultura que nos estimula a ser mejores personas, pues nos permite elevarnos por encima de las preocupaciones cotidianas y darle un sentido humano a la ciencia y a la tecnología que inexorablemente ocupan, cada vez con mayor fuerza, nuestro espacio vital.

En un poema que escribió como mensaje de aniversario del Tecnológico nos dice:

Esta es nuestra filosofía de la educación:
Miremos al hombre inventado por el hombre
Porque no basta la pura sed y el solo impulso.
Es preciso construir a su depositario.
Hacerlo escala y vía. Libertad creadora. Jardinero del mundo.
Operario del espíritu. Obrero de Dios.

Y en otro verso reafirma su idea sobre la identidad del hombre:
Como el viejo rey Midas que en oro convertía
lo que tocaban sus manos,
así es el hombre: espíritu
que transfigura de espíritu las cosas
y llenas de su espíritu las retorna a su fuente.

En esta luz distinta,
cobran relieve justo todas nuestras tareas;
la técnica, el trabajo, la ciencia, la política;
y el arte y la cultura y la vida y la muerte.
Porque el mundo sigue siendo el Jardín de la Biblia,
porque el hombre sigue siendo el mismo jardinero.
Porque Dios sigue siendo.

Desde 1971 y hasta su jubilación del Tecnológico, el 10 de junio de 1985, ocupó el cargo de Vicerrector Académico en el área de enseñanza Media Superior. Durante esas diversas gestiones fue fundador y director de las revistas de Humanidades “Trivium”, “Cuadernos de Humanidades” y “Cuadernos de Investigación Humanística”. A iniciativa suya se fundó la Escuela de Letras y se establecieron cursos de Humanidades con carácter obligatorio, en las carreras profesionales; diseñó el modelo nacional de la Escuela Preparatoria Abierta y fue el director general del plan piloto de la misma en el ITESM; en el propio Instituto diseñó el modelo de las Escuelas Preparatorias de Ciencia y Tecnología; colaboró en la elaboración de los Principios del ITESM como miembro del comité respectivo y presidió en 1970 el comité que elaboró el primer Estatuto Orgánico de la misma Institución. Por esa larga y fructífera trayectoria, su nombre y su preclaro ejercicio de maestro, son ya inseparables del Instituto.

Pero su actividad docente no se limitó al Tecnológico sino que fue profesor huésped y conferenciante en diversas universidades, centros culturales y clubes de servicio, tanto en ciudades de nuestro país como en España y en los Estados Unidos. Igualmente, impartió cursos de Filosofía y de Historia de la Cultura a varias generaciones de regiomontanos y regiomontanas, con quienes conservó siempre una verdadera amistad.

Nuestra ciudad se vio especialmente beneficiada con su actividad cultural, ya que fue miembro fundador de Arte A.C., del Instituto Regiomontano de Cultura Hispánica y del Museo de Monterrey; participó como colaborador de Poesía en el Mundo, de la Sociedad Artística Tecnológico, de la Universidad de Monterrey, de Promoción de las Artes, del Centro Cultural Alfa y como organizador de un gran número de eventos culturales.

Como verdadero humanista, Alfonso supo cumplir con su misión hasta el final, sin ningún atisbo de ostentación, orgullo o presunción, que manchan y hacen desmerecer la vida de algunos intelectuales. Por el contrario, siempre estaba dispuesto a escuchar con atención y atender a quienes se le acercaban, lo que aunado a su interesante conversación, lo convertía en un excelente interlocutor y amigo. Cuando daba sus puntos de vista o su visión sobre algún tema especial, lo hacía de manera afable, sencilla, sin usar palabras complicadas o rebuscadas.

Cultivó así muchísimas amistades entre sus compañeros pero especialmente con sus alumnos que lo visitaban con mucha frecuencia. Quién no recuerda, en nuestra familia, a Federico de Lachica, que se autodefinía como el huésped eterno, y que empieza su testimonio como preámbulo a una Antología Poética de Alfonso publicada por el Museo de Monterrey en 1986, con este pequeño verso que demuestra la importancia que daba a su amistad:

¡Quién pudiera ir el camino
caminando, caminando,
y en el camino encontrar
un caminante cantando!...

Otro asiduo visitante era Gabriel Zaid, que indudablemente supo aplicar las enseñanzas de su maestro en su brillante y excepcional trayectoria poética y humanista.

Como Alfonso era un hombre que le gustaba permanecer en su casa, leyendo o arreglando y limpiando sus maravillosas colecciones de objetos de arte, su familia y sus amigos teníamos la seguridad de encontrarlo, como siempre acogedor, como si nuestra visita fuera esperada y deseada de antemano. Su trato era extremadamente amable y cariñoso, tanto con las personas adultas como con los jóvenes y aún con los niños.

Terminó su vida con un acto de amor hacia su ciudad natal, Morelia, al adquirir una casona antigua, junto al maravilloso acueducto, para que no cayera en manos de personas oportunistas que querían convertirla en un centro comercial.

Fue como un “decir adiós” a la tierra que lo vio nacer. El ya sabía que su enfermedad era terminal y la había aceptado, con la misma entereza con que años atrás, había aceptado la muerte de su pequeña hija Sofía Elena a los pocos días de su nacimiento, y con la certeza de que la hora había llegado de su encuentro definitivo con el Señor. Con una acción de gracias a su Creador, se preparó como buen cristiano para ese acontecimiento tan fundamental.

Al despedirse, Alfonso supo encontrar el pulso exacto de la muerte y de la vida.

VERTE SEÑOR
Verte, Señor, pero con otros ojos;
palparte con un tacto que te ahonde;
hallar, tras la tiniebla que te esconde,
el sol en que se abismen mis antojos.

Deja que mi querer, con los arrojos
del amor que a mi sed se corresponde,
rompa los duros límites en donde
tu mano firme colocó cerrojos.

¡Que anegado en tu ancho mediodía.
No te contemple con visión inerte,
sino te toque como toco el día:

Ciego, pero sabiéndome tenerte,
arrebatado por tu melodía,
como con otros ojos para verte!

ALFONSO RUBIO Y RUBIO
(Lectura del poema VERTE SEÑOR)

Creo que a través de este poema podemos tratar de desentrañar uno de los aspectos más desconocidos, por íntimos, de la persona de Alfonso Rubio: su estatura espiritual.

Alfonso hace en este poema una composición del lugar, no físico, sino psicológico y espiritual; es decir, se instala en una situación de apertura y de humildad frente al Señor a quién desea encontrar y conocer de manera más profunda y por lo tanto más real.

Los tres primeros verbos que utiliza, revelan su intención fundamental: ver, tocar, hallar a Cristo, a quién define como sol y ancho mediodía, pero un sol oculto, escondido, por lo que hay que ver más allá de las apariencias, con los ojos de la fe, con los ojos del hombre nuevo de que habla San Pablo, para rasgar la tiniebla que lo esconde y romper los duros límites de los cerrojos que no permiten acercarse al Señor en la forma espontánea del amor que a mi sed se corresponde. Es decir, que buscamos a Cristo porque El mismo nos dio la sed y nos enseñó el camino hacia la fuente, como lo dice Saint-Exupery en uno de sus libros. Por lo que el poeta se considera con absoluto derecho a encontrar esa agua viva que va a saciarlo.

Pero antes reconoce su condición humana, donde se considera ciego, es decir incapaz de ver la luz que ilumina, que deslumbra, pues estamos llenos de miedos, angustias y temores, que oscurecen nuestro panorama y nos hacen más difícil encontrar a Cristo.

Pero como nos recuerda en su poema:

DIME A QUIéN AMAS
Se pone cada quién en lo que ama
Su amor es su verdad, limpia, desnuda,
En pura piel como la propia llama.

Y más adelante:

En el amor se vuelve transparente
La verdad interior, aunque se quiera
Tapiar la casa y ocultar la fuente,
Porque el amor es una primavera
Que desborda las tapias y florece
Hacia dentro lo mismo que hacia fuera.

O sea que el amor es algo que produce sus efectos tanto en la interioridad de la persona como en los demás, es decir en su comunidad. Por eso es necesario hacer un esfuerzo para cambiar, pues no quiere quedarse con una visión inerte, pasiva de Cristo, sino que desea acercarse al Señor con ojos nuevos, limpios, que le permitan llegar hasta lo más profundo de la persona amada. Pero no solo quiere mirarlo, acercarse a su luz para inundarse en ella, sino también para gozarla con otro de sus sentidos que adquiere mucha importancia en el poema: el tacto, pero no un tacto superficial sino profundo, que permita palpar a Cristo (es el verbo que usa) y descubrirlo hasta en lo más hondo de su ser.

Pero para cumplir con su deseo encuentra otro tipo de dificultades, que supone externas a su persona. Habla de duros límites donde Cristo mismo, con mano firme, colocó cerrojos. Podemos imaginar que tal vez se refiera a la Noche Oscura de San Juan de la Cruz, o simplemente a nuestra condición humana, inserta en un tiempo que retrasa la visión beatífica y absoluta de nuestro hermano Cristo. Temporalidad que tan solo nos permite vislumbrar a Dios tras un velo, como lo menciona San Pablo, y que Alfonso lo señala como una tiniebla que hay que traspasar.

La recompensa de todo este esfuerzo la presenta con tres verbos: anegarse, arrebatarse y contemplar. Anegarse implica inundarse, es decir embeberse del agua viva que Cristo prometió a la samaritana, agua que nos quitará la sed para siempre. El poeta se siente también arrebatado, arrastrado, atraído por Cristo, pues su encuentro le ha provocado su adhesión total y entusiasta. Su éxtasis lo lleva a olvidarse de todo lo demás que lo rodea y le permite llegar a la seguridad del encuentro definitivo, de la contemplación plena. Cierra su poema con las mismas palabras con que lo inicia, “con otros ojos para verte”, volviendo a su intención fundamental del encuentro con el Ser Amado y que define muy bien en el otro poema mencionado anteriormente:

Definido el amante en sus amores,
En el ser del amado se delata
Sin velos ni reflejos mediadores.

Y porque en el amor nada recata
La verdad revelada en lo que quieres
Esa verdad te mide y te aquilata,
“Dime a quién amas, te diré quién eres”.

Creo que a través de toda su poesía, Alfonso nos demostró con creces una enorme capacidad de asombro, que unida a su extraordinaria sensibilidad le permitió definir su verdadera identidad: un enamorado de la vida, del universo todo, abierto al gozo intelectual y artístico, un buscador infatigable del sentido y razón de su existencia. Su partida nos entristece pero nos alegra la huella que nos deja, pues su vida no fue en vano: trascendió y permanecerá en todos aquellos que tuvimos la dicha de conocerlo.

Monterrey, 2 de diciembre del 2000

Alicia Elosúa de Salinas