Acaso la realidad de mi propia historia no sea sino el más bello cuento de hadas que yo he pedido desde la infancia.

Alfonso Rubio y Rubio



A don Alfonso Rubio y Rubio en su partida

Por Alfonso G. Martínez de la Serna


Existe un arte de saber envejecer y sólo lo logran los espíritus especialmente dotados para ello, el cultivado intelecto de Alfonso Rubio le permitió un lugar en este grupo de seres privilegiados.

Egresado de la Escuela Libre de Derecho; pero por vocación filósofo y educador, su sensibilidad al fenómeno estético le permitió cultivar la poesía y el coleccionismo de libros y obras de arte.

La ciudad que lo vio nacer fue Morelia, un 19 de marzo de 1919 y no obstante que vivió prácticamente toda su vida adulta en Monterrey siempre recordaría, con viajes y en poesía su tierra michoacana.

“No es el recuerdo
a pesar de verte,
rosas tus piedras,
rosas tus jardines…”
(Soneto a mi ciudad, 1957)

Al lado de su esposa Esperanza Elosúa Muguerza formó una ejemplar y prestigiada familia. En su vida profesional se entregó a fundar los cimientos humanísticos en el Tec de Monterrey desde sus primeros años (1945); donde fundó los cursos de humanidades y de historia de la cultura, ocupando la dirección de la Escuela de Letras y la vicerrectoría de Enseñanza Media, donde fundó quizá su mejor obra educativa, medida en cobertura y beneficio social, la Escuela Preparatoria Abierta, el primer antecedente de un esquema de educación a distancia a nivel nacional. En la actualidad, este esfuerzo educativo opera a nivel nacional adscrito a la Secretaría de Educación Pública Federal con miles de alumnos en todo el país.

Colaborador del semanario “La Nación” (1945-51); fundador de las revistas de literatura: “Haz de Provincias” (1945), “Viñetas de Literatura Michoacana” (1944) y fundador de “Trivium” (1948-50). Conferenciante en universidades nacionales y centros de enseñanza en el extranjero, destaca su participación en las Jornadas de Literatura del VII Centenario de la Universidad Salamanca y en la Universidad de Santander (1953) en España.

Alfonso Rubio fue un ser humano excepcional por méritos propios; supo mantener el espíritu erecto, la estatua de su alma, y, a fuerza de ejercitar sus virtudes humanas, cultivó el espíritu para que no envejeciera al mismo tiempo [que] su cuerpo, y así lo sobrevivirá. Fue conocedor profundo de la condición humana y con gran acierto identificó el secreto de una vida plena: se aseguró que el centro de su vida no estuviera adentro de él mismo, sino fuera de él: volcado hacia el prójimo. Fue un hombre entregado a las mejores causas de la sociedad, de ahí su participación en Arte, A. C., Museo de Monterrey, así como sus cursos y escritos sobre cultura e historia ofrecidos a los círculos corporativos de esta ciudad.

Considero que el escribir palabras consolatorias ayuda poco a mitigar el dolor, pues toda tristeza por la partida de un ser querido es sagrada; pero también creo que desde la Fe se pueden aclarar estas heridas.

Para mí, mi tocayo, como afectivamente nos nombrábamos, no se ha muerto del todo, sobre todo si consideramos que la vida es una batalla en la que al nacer tenemos todo nuestro amor en el platillo de la vida, y lentamente, a lo largo de los años, vamos pasando trozos de amor al otro lado, al de la muerte. Morirse entonces, tal vez sea romper ese equilibrio: llegar a tener más amor en el platillo de la otra vida. Alfonso Rubio está naciendo en la otra orilla con las alforjas llenas de amor de sus seres queridos y de sus amigos y discípulos.

La vida nos ha enseñado que existen hombres que se dedican a almacenar virtudes o ciencia, pero lo que poseen no lo reparten, o sea que retienen pero no dan; son grandes hombres pero igualmente estériles. Alfonso Rubio, en cambio, fue de las personas que dio de lo que estaba hecha su propia alma; que, cual portentosa fuente, ofreció su agua sin quedarse seco; que recreó todo lo que vivió y repartió todo cuanto había recreado. ¡Dichosos los hombres que se mueren con el alma encendida!

Los grandes hombres no lo son por lo que producen, sino por lo que reparten, y del alma de Alfonso Rubio podemos alimentarnos permanentemente; ahí están sus obras filosóficas y sus obras poéticas. Qué mejor que Nicolás Guillén como idea final:

“Ardió el sol en mis manos,
que es mucho decir;
ardió el sol en mis manos
y lo repartí,
que es mucho decir…”

*El autor fue director fundador del campus San Luis Potosí del ITESM y director del Centro Cultural ALFA.