Acaso la realidad de mi propia historia no sea sino el más bello cuento de hadas que yo he pedido desde la infancia.

Alfonso Rubio y Rubio



Homenaje de Monterrey a Morelia en la persona de Alfonso Rubio,...

Por Alejandro Avilés.


Buena noticia para los lectores de poesía en Morelia: tendremos la ocasión de escuchar a Alfonso Rubio y Rubio, poeta y humanista moreliano, quien por haber permanecido en otras latitudes durante nueve lustros, es poco conocido entre nosotros. Por ello es grato ver que la asociación “Morelia, patrimonio de la humanidad”, lo ha invitado a leer su poesía, en la Casa de la Cultura, este jueves 24 de octubre a las 8 de la noche. Así podremos recibir los dones de su alta poesía.

Debemos dar las gracias al Museo de Monterrey por haber editado hace cinco años, su Antología Poética, como homenaje al escritor que tomamos también como un homenaje a Morelia. Dicho homenaje, escribe con modestia la directora del museo María Elena Rangel de Garza L. “no se compara en trascendencia con los que ha recibido Alfonso Rubio en el mundo, como la Encomienda de la Orden Civil de Alfonso X “El sabio”, por citar un ejemplo”.

Un Testimonio se intitula el bello comentario que hace el escritor Federico V. de La Chica, como introducción a la obra de Rubio. Y que tal homenaje es también a nuestra ciudad, lo muestra al escribir: “Vino con el ‘íntimo decoro’ de Morelia. De los verdeantes bosques y fértiles vastedades michoacanas. Aquella ciudad rosa, a la que ha cantado con enamorada y gozosa reverencia, le nutre y siempre le acompaña. El mismo dice: ‘en la provincia recoleta, a uno se le conoce desde que es una esperanza de existencia’. En ella, la escuela, la liturgia, los juegos y azoros infantiles… Es Morelia la que enmarca su deleitosa actualización cultural en voraz e inteligente ejercicio de lector, y su ámbito -de amigos, maestros, estudios, arte, paisajes, intereses- tiene que hacerle inevitablemente nacer a la poesía. En ella florecen sus primeros poemas bajo el signo de la rosa y al cobijo del color de la camelina, la catedral y la jacaranda”. Y añade que, desde un principio, “su poesía es madura”, y su quehacer poético “ha sido límpida voz de la cultura, rica resonancia de sus raíces nutricias”.

Yo pienso que esto es captación profunda de lo que son Alfonso, Morelia y su poesía. Así lo pude yo captar también desde que comencé a venir a esta ciudad y, en la acogedora morada de Alejandro Ruiz Villaloz, nos reuníamos a conversar y a leer poemas, con Porfirio Martínez Peñaloza y Miguel Castro Ruiz, coeditores de aquella espléndida revista que se llamó Viñetas de Literatura Michoacana. Ellos me presentaron con don Francisco Alday, el admirable guía y gran poeta, el que años después habría de escribir un soneto “Aún andar con el alma” dedicado precisamente a Alfonso Rubio, y en el que le dice:

“Vagueando los ojos por el cielo
A un andar con el alma el cuerpo tardo,
Me voy de paz con todo ser y ardo,
Alfonso, en lo mas puro de mi vuelo”.

Vida y magisterio
Federico V. de la Chica registra con acierto la ejemplar trayectoria del poeta que hoy está con nosotros. Recuerda sus estudios en la Escuela Libre de Derecho, ya en la capital de la República, y su brillante tesis profesional “La filosofía de los valores y el derecho”, con la cual obtuvo y desde entonces nos alegramos por ello- Suma Cum Laude, y es libro de texto en alguna universidades.

Habla don Federico de la vida y la obra de Alfonso en Monterrey, a donde llega, dice, “con auténtica decisión para enseñar, con el íntimo compromiso de ser profesor, primer paso de humildad en su luminosa y múltiple epifanía de maestro... De inmediato es invitado a dar conferencias de filosofía, que de suyo marcan su inicio de su Gran Conversación con Monterrey. Además de sus cátedras como parte de las obligaciones de profesor de tiempo completo del Departamento de Humanidades al cual, sin dejar sus lecciones, muy pronto habrá de dirigir, nombrado y solicitado en unánime consenso por sus colegas”.

Se refiere también a la revista Trivium, en la cual tuve el privilegio de colaborar, y fue, “en sus tres años de vida.., digna portavoz regiomontana”. “Funda también -nos dice- por entonces círculos de lectura abiertos a la ciudad; se une al rescate y decoro de otro de nuestros retos fundamentales, a través del Instituto Regiomontano de Cultura Hispánica”. Imprimió, además, mensualmente, Mensaje, “una joya tipográfica miniatura que es correo y vía de presencia hispánica. En las respectivas ocasiones, va como invitado a las festividades centenarias de la Universidad Nacional Autónoma de México y de la Universidad de Salamanca... es entusiasta colaborador y consejero fundador de otra noble institución regiomontana. Arte, A. C. Participa en la reestructuración docente del Instituto Tecnológico. Redacta el Estatuto Orgánico y los Principios (educativos) del mismo... Introduce la materia de Historia de la cultura en las carreras profesionales del Instituto: cada lección dada por el es otro canto poético actualizado al quehacer total del hombre... Funda y dirige dentro del Instituto la Escuela de Letras. Pasa luego a la dirección de la Escuela Preparatoria”.

Con un acierto semejante, cita la obra poética de Alfonso Rubio, que como todos sus trabajos, es “centro concreto de actos espirituales”. ‘Por ello su poesía, retomando la eficacia profunda de la palabra, es otra forma de invitación a que todo se transforme en brillo de cotidiana hermosura”.

ue hable la poesía
Hermosura: he aquí la palabra predilecta de San Juan de la Cruz, el gigante de la poesía mística en todos los idiomas. Hermosura, esplendor de la poesía, del ser y la verdad humanas. Ella está presente en la obra de Alfonso. Se hará patente cuando él la lea en el homenaje que hoy le tributamos. Antes, permítanme evocar algo de su poesía.

Luna de horas, escrito en Morelia, fue el primer poema que yo le conocí. Lo escribió en su primera juventud y fue, desde ese día, como se ha dicho una expresión madura. Muestra alegría y luminosidad en todas sus palabras, como signo de amor. He aquí su primen estancia:

“¿A qué cielo olvidado,
A qué ciudad de luz entre azucenas,
A qué imperio de estrellas,
A qué ronda de nubes sosegadas
Conduce mis sentidos,
Me arrastra tu delicia?
“Eres sólo un recuerdo, y me transportas
Al olvido perfecto
Sin conciencia de mí,
Como hechizado ante tu clara imagen
De la que ya no soy sino fragmento,
Una palabra sola
Que me lleva en su fuga a poseerte.
“Y voy en este cauce
Dispersando las sombras,
Rescatando las luces de mi nombre:
Escultura de música en tus labios.
“Porque yo llego a ser en este sueño
El sueño de tus vírgenes colinas,
Una sed perdurable de ternura
Encendida en tus ojos,
Inventando la forma de mi nombre”.

Desde entonces están brotando sus poemas, madurando en palabras cumplidas de promesas. Y cuando nacen de su dolor humano, puede él decir como el poeta nahua: “Mi corazón esta brotando flores en mitad de la noche”.

Porque su sufrimiento se traduce también en esplendor, pues va unido al amor que lo conduce. Nace así un libro clave: Línea en la llama, donde amorosamente se prodiga:

“Lo que digo es amor.
De amor se fía
Cada palabra que a tu ser ordeno:
Por amor la libero y encadeno
En amor te la entrego, tuya y mía”.

Y según lo que ama, así es el hombre. Lo dice con hondura en su poema Dime a quién amas:

“Se pone cada quien en lo que ama
Su amor es la verdad limpia,
Desnuda,
En pura piel como la misma llama...

“En el amor se vuelve transparente
La verdad interior, aunque se quiera,
Tapiar la casa y ocultar la fuente...

“Y porque en el amor nada recata
La verdad revelada en lo que quieres.
Es verdad te mide y te aquilata
Dime a quien amas, te diré quien eres”.

Entonces el poeta recuerda sus jardines, en los que cada flor es un heraldo del amor entrevisto y después realizado. Por hoy lo dejaremos en el entrevisto, para que cada quien lo sueñe a su manera:

“Antes de nuestro encuentro,
En la era de las fábulas blancas y los cuentos.
Cuando tú seriamente soñabas
Ser alumna de pájaros hermana del viento”.

En todo caso hay que leer su obra, escuchar sus palabras.
La Voz de Michoacán, Morelia Michoacán jueves 24 de octubre de 1991